Sin corazón
Se enfundó en us vestido negro, que se ajustaba como una segunda piel a su cuerpo, salió dispuesta a descubrir sus misterios a quien los apreciera, sin nombres, sin detalles, solo un encuentro entre dos almas que podían conjugarse y disfrutarse con plenitud.
Pasaban un poco más de las once y media de la noche, entró a un garito que se ajustaba a sus expectativas, ambiente tranquilo, íntimo y muy cercano a un hotel.
Se sentó junto a la barra, pidió un Puerto de Indias con tónica, mientras sorbía lentamente, hacía un barrido con su mirada entre todos los presentes y posibles candidatos, para darse un "homenaje".
Nada le llamaba la atención, no cumplían con sus requisitos, era muy selectiva, cuando estaba de caza.
Terminaba un poco decepcionada su gin tonic, dispuesta a irse a buscar en otro sitio, lo que ahí no encontró.
Al coger su chaqueta, su bolso cayó al suelo, al levantarse golpeó con su cabeza la copa de un chico que se acaba de quedar en la barra, derramando su bebida sobre ella.
Algo avergonzada, le ofreció pagar otra copa.
- No importa, le respondió una voz varonil, que le hizo levantar la mirada.
Ahí estaba, el que cumplía sus requisitos, ojos intensos negros que penetraron su retina, su sonrisa sugerente y una voz que había removido todo su interior.
- Si no quieres otra copa, tal vez te interese acompañarme un rato ... a mi habitación, dijo susurrando a su oído y dejando un beso en la comisura de sus labios.
Dándole la espalda, comenzó a caminar hacia la puerta, pasos lentos y cortos, sintiendo como su mirada se clavaba en el bamboleo de su trasero.
En el umbral de la puerta, una mano se posó en su cintura.
Se giró hacia él y le besó, como si toda su vida dependiera de ese beso, él recorrió su espalda y más allá, mientras en su pelvis algo empezaba a moverse.
Subieron a la habitación comiendose a besos, la ropa duró poco, preámbulos los justos, para tirarse a la cama y comenzar caricias impúdicas que hacían arder la sangre, mordiscos que hacían soltar gemidos de pasión.
La cogió por sus caderas y sin miramientos, empujó todo su arsenal hasta oírla gritar, ella clavó sus uñas, mientras le pedía que no parase, que le diera todo, un orgasmo tras otro.
La giró, para llenar otro de sus agujeros que ansiosos esperaban por ese mástil duro y potente, que hacia que sus paredes se contrajeran y aumentara su desenfreno.
A punto de correrse él, ella se la sacó y esperó con la lengua afuera todo ese néctar de deseo que le había proporcionado.
En su cara, resbalando esas gotas que le hacían sentirse sucia, complacida y libre.
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