Cita especial
Recorrió todas las tiendas esa tarde, insistente buscaba ese conjunto especial, nada le parecía suficiente, ya perdiendo casi la esperanza, encontró una pequeña tienda y ahí estaba ante sus ojos, lo que en sueños quería.
La dependiente muy amable se lo ofreció y le señaló los probadores, era como si la hubiese estado esperando, le sentaba muy bien, tan emocionada que al salir, dio unas vueltas y vio otros que llamaron su atención.
Salió de ahí con una gran sonrisa, pensando en esa noche y con tres conjuntos en las bolsas.
Cuidó cada detalle, desde las velas, vino, música y la habitación solo una tenue luz, suficiente para ver sus rostros.
Cuando ya faltaba poco, cada segundo marcado en el reloj, hacía que su corazón se acelerara, haciendo que su respiración también se volviera casi un jadeo.
Tocaron la puerta, puntual como siempre, dio un vuelco su corazón, sus mejillas se sonrojaron y sus ojos se humedecieron, le esperó en el umbral de la puerta.
Al encontrase sus ojos, ella nerviosa sonreía, él absorto en el pequeño conjunto negro de tirantes y encajes que dejaba poco a la imaginación, la besó mientras susurraba a su oído , lo bien que le sentaba dicho conjunto.
Ella correspondía sus besos con verdadera entrega y deseo, en su cabeza no había otra cosa que saciarse de él.
Le ofreció una copa, mientras ella y el vaivén de sus caderas hacían el resto, él se acercó tras ella, la abrazó y le tomó las manos.
Su cuerpo enteró se estremeció con su calor, cerró los ojos y sintió un cálido beso en su cuello, luego la llevó a la habitación, que incitaba a horas de amor.
Besándose se desnudaron, con deseos contenidos de días de espera, sus cuerpos reaccionaban a los sutiles roces de caricias, labios y demás.
Cada poro exhalaba lujuria y eso los envolvía en la vorágine de pasión desenfrenada, uñas clavándose en la espalda, mordidas en el cuello y hombros, queriendo convertirse en uno solo en cada embestida de amor.
Jadeos, susurros, miradas que intensificaban cada roce, disparando emociones y ganas de mucho más.
Llegó ese instante donde sus miradas lo dijeron todo y al unisono, sus cuerpos se contrajeron liberando muy dentro de ella, el néctar que mantiene esa pasión.
Sutil y cautivador, es el cuerpo de una mujer el único templo que no huele a incienso y a viejo...huele a ella misma y nos invita a amarla, incluso si es preciso, hasta perder momentáneamente cualquier atisbo de razón y nuestra propia autonomía
ResponderEliminarGracias.
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