Despedida a lo grande
Era ya fin de semana, el último que Edu estaría en la ciudad, no quería que todo quedara como estaba, así que decidió preparar una cena de despedida en un restaurante cercano, copas y a ver que deparaba el destino.
Hizo la reserva y luego comenzó a llamar a Sara, Nelly, Sam y Adrián, les pidió que no dijeran nada para que fuera una verdadera sorpresa . Sam sería el encargado de llevar a Edu al restaurante, ya que era su amigo de la infancia.
El resto del día pasó reviviendo toda esta semana que habían compartido, esas miradas que gritaban una tensión que estremecía sus cuerpos, donde un roce furtivo revolucionaba la piel, echando a volar la imaginación.
Había escogido para esa noche, un modelito negro hasta media pierna, ajustado y abierto por ambas lados, zapatos a juego, todo tenía que ser perfecto.
En el restaurante, todo salió a pedir de boca, Edu fue gratamente sorprendido y no paraba de dar las gracias.
- Todo debes agradecérselo a Ili, dijo Sam, ella fue la que preparó todo, nosotros sólo le hemos colaborado.
- Pues imagino, que te mereces esto, dijo acercándose y dándole un beso en la mejilla.
- Ili, notó como su piel comenzó a arder, con el roce de sus labios. Muchas gracias, pero tienes nada que agradecer, ha sido un gran placer.
- Por cierto, dijo casi susurrándole al oído, estás guapísima, guiñándole un ojo.
- No digas eso.
Sam alcanzó a oír y dice:
- No tienes remedio, cuida con él que es muy zalamero, riéndose.
- Ya veo, respondió Ili, soltando una carcajada.
La cena estuvo exquisita y tras ella, pasaron a la barra para pedir unas copas.
Las miradas entre Edu e Ili iban y venían, parecían escrutarse de pies a cabeza, como para no olvidar ningún detalle.
Entre copas y risas, pasaba la noche muy entretenida, mientras ellos hablaban el lenguaje que su piel quería.
Ya eran casi las 2 de la mañana, cuando Sara y Nelly se despidieron.
- Nos vamos.
- Pero como, si es pronto, respondió Ili.
- Es que tú siempre cierras los garitos, dijeron riendo todos.
- Vaya, la fama que llevo.
- No te preocupes, si quieres quédate que Adrián y yo las llevamos a casa, dijo Sam, que Edu te acompañe a ti, que haga algo al menos.
Eso sonó para ambos, la mejor canción de la noche.
- Si no le importa.
- Sin problema, me has hecho pasar una gran velada, es lo menos que puedo hacer.
- Ok, nos tomamos otra y nos vamos.
Se despidieron y ellos quedaron en la barra tomando las últimas copas.
Sus manos se rozaban, su calor se conjugaba, mientras sus miradas pedían a gritos algo más.
Ya casi cerraban el local y salieron, rumbo a su casa, que estaba muy cerca.
- Te importa si te cojo del brazo.
- De ninguna manera, dijo posando su mano sobre la de ella.
Caminaban en silencio, era como si las palabras sobraban, tras las miradas.
Unas manzanas después, ella se detuvo en la escalera.
- Que tengas un buen viaje y no te olvides de nosotros, cuando vengas nos buscas.
- Eso sin dudarlo... pero no puedo irme sin antes sentir tus labios, se acercó a ella y encajó su boca, dando un beso que le robó el aliento.
Entrelazados subieron a su casa, sus manos exploraban todo eso que sus ojos habían devorado toda la noche.
La piel guardaba deseos candentes desde el primer día que se vieron.
Edu le besaba el cuello, mientras sus manos buscaban ese pecho que acelerado, hacía erupción con cada roce.
Fueron cayendo las ropas, dejando un camino a seguir hasta la habitación, donde los besos se volvieron más intensos y la respiración salvaje.
Él, la tatuaba con sus labios, recorriéndola poco a poco, robándole suspiros, haciendo que su espalda se arqueara con cada uno de ellos, se entretuvo en sus pechos que dispuestos esperaban por su boca, sentir su cálido aliento la volvía loca.
Ella lo entrelazaba con sus piernas, mientras se desató toda esa lujuria que guardaba, haciendo de ella un potro desbocado, ansiosa de beber del oasis de la pasión.
Se abrió como una flor, donde él sorbió el rocío que se acumula tras el amanecer, dejando que se intensificara su placer, que le pidiese más.
No tuvo que esperar demasiado, cuando ella se incorporó, tumbándole, robándole el aliento, mientras su boca hipnotizaba ese enarbolado falo, que le pedía a gritos los encantos de ella.
Enajenado de lo que le hacía sentir su lengua, arrasó su cuerpo, empujando con fuerza entre las murallas de sus muslos, que temblaban de cada embiste haciéndole volar.
Su pelvis se conjugaban perfectamente, el baile del deseo continuaba, sudorosos y con ganas de más, de seguir explotando en el salvaje frenesí de esa piel que ansiaba esos momentos.
De espaldas a ella, encajando con mas fuerza, aumentando la presión entre sus paredes que se intercalaban adelante y atrás, haciéndola moverse al borde de la locura, gemía exhausta pero no queriendo que esas descargas terminasen.
Noto como se distendió aún más, como se vio inundada con toda esa instilación que reflejaba una sublime escena, propia de capítulos del Kama Sutra.
Tendidos, extenuados y mientras ella sorbía los rastros que quedaban en esa máquina de placer, él le acariciaba la espalda.

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